No solo los dispositivos se vuelven obsoletos, también nuestras certezas.
Cada avance tecnológico obliga a replantear hábitos, valores y formas de entender el trabajo. Esto genera una especie de obsolescencia emocional: lo que antes daba seguridad hoy ya no existe.

Aprender a soltar se vuelve tan importante como aprender cosas nuevas. La adaptación ya no es una etapa, es un proceso continuo.
La estabilidad ya no está en lo que sabemos, sino en nuestra capacidad de reinventarnos.












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