Cada aplicación, plataforma o sistema digital está diseñado con una intención. El diseño no solo determina estética, sino comportamiento. Elementos como notificaciones, colores y flujos de interacción influyen en decisiones del usuario. Esto otorga al diseño una dimensión ética significativa.

Cuando un producto prioriza la retención de usuarios por encima del bienestar, puede fomentar hábitos poco saludables. Por el contrario, un diseño centrado en el usuario busca equilibrio entre funcionalidad y respeto.
La ética del diseño implica preguntarse: ¿este producto aporta valor real?, ¿respeta la privacidad?, ¿promueve decisiones conscientes? Estas preguntas deben formar parte del proceso creativo.
La tecnología no es neutral en su impacto. Diseñar con responsabilidad significa reconocer que cada decisión de interfaz puede influir en millones de personas.













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